Los para siempre, no existen.
Escalofríos se apoderan de mi cuerpo con el simple recuerdo de tus labios recorriendo mi espalda. O de tus dedos dibujando círculos en mi barriga, cómo me gustaba aquello, y tu lo sabías. Pero mejor era levantarme y ver que no estabas, la duda y el miedo reinaban en mi esos segundos, hasta que el dulce aroma del chocolate caliente llegaba a mí. Entonces me tumbaba. Y te escuchaba cantar tu canción favorita. Hasta que venías con la bandeja llena de cruassantes y un gran bol con el chocolate. No olvidaré tus 'idiota, levántate, que esto pesa', y yo te hacía enfadar riéndome con la cara en la almohada. Y tú dejabas todo en el suelo y te mojabas los labios con chocolate, para darme un beso con sabor dulce, pero a mí me sabía más a un 'para siempre'.
Me encantaba hacerte rabiar. Esas pálidas mejillas iluminadas me daban la vida (y también el polvo de después, pero eso creo que no queda bien decírlo).
Hoy me he despertado y no estabas. No estabas ni tú, ni el dulce olor a chocolate.
